– Vuestra ama de llaves, Juanita Ramírez, dijo que estaba en contacto con tu hermana antes del accidente y que Randi estaba trabajando en un libro, pero nadie parece saber más al respecto.

– Juanita ni siquiera sabía que Randi estaba embarazada. Dudo que fuera partícipe de los secretos de mi hermana -musitó Matt mientras se acercaban a las puertas de cristal de la entrada principal.

– ¿Y por qué se lo iba a inventar?

– No estoy diciendo que Juanita esté mintiendo -respondió él-. Tal vez fue Randi quien lo hizo. Lleva diciendo que va a escribir un libro desde que estaba en el instituto, pero no lo ha hecho nunca, al menos que mis hermanos o yo sepamos.

Cuando salieron al exterior, vieron que estaba nevando otra vez. Los copos caían suavemente, bailando y girando sobre sí mismos, iluminados por la potente luz de las lámparas de seguridad.

Matt se puso el sombrero. El ala oscureció aún más su rostro.

– Habla con cualquiera y, tarde o temprano, te contará el libro que va a escribir algún día. El problema es que «ese día» no llega nunca.

– Has hablado como un verdadero cínico -observó Kelly mientras se abotonaba la chaqueta. El frío del invierno de Montana se hizo sentir sobre su rostro, helándole por completo la sangre.

– Es la realidad. Si Randi hubiera estado escribiendo un libro, ¿no crees que alguno de nosotros tres lo sabría?

– Sí, igual que sabíais lo de su trabajo y lo de su embarazo -le dijo Kelly, utilizando el mismo argumento que él le había dado antes sobre Juanita.

Matt estaba a punto de bajar de la acera, pero se detuvo y se dio la vuelta para mirar a Kelly.

– Está bien, está bien, pero, aunque así fuera, ¿y qué si estaba escribiendo una maldita versión de Guerra y Paz? ¿Qué tiene eso que ver con lo que le ocurrió en Glacier Park?

– Dímelo tú.

– Tú eres la policía -señaló él con la ira reflejada en los ojos-. Detective, nada menos. Este es tu trabajo.



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