– Y estoy intentando llevarlo a cabo.

– En ese caso, esfuérzate un poco más, ¿de acuerdo? Mi hermana está entre la vida y la muerte.

Con eso, se bajó de la acera y se dirigió a su furgoneta. Kelly se quedó allí, con la ira ardiéndole en el rostro después de que su orgullo hubiera recibido un duro golpe.

– Canalla -susurró. Se dirigió a su propio coche, un todoterreno de la policía. No sabía con quién estaba más enfadada, si con el vaquero o consigo misma por cómo había reaccionado ante él. ¿Qué demonios le ocurría? Se sentía muy nerviosa a su lado, casi no podía ni hablar y se comportaba de un modo muy poco profesional. Pero eso iba a cambiar. ¡En aquel mismo instante!

Cuando se encontró detrás del volante de su vehículo, arrancó el motor y se dirigió a su casa, que estaba al oeste de la ciudad. Llevaba viviendo en aquella casa de dos plantas desde hacía tres años, cuando por fin pudo ahorrar lo suficiente para dar la señal.

Aparcó en el garaje y subió un tramo de escaleras hasta la planta principal. Allí se quitó las botas de una patada en el pequeño lavadero y entró en la casa. Tras arrojar las llaves sobre una mesa de cristal que tenía en el recibidor, se dirigió a la cocina y se dispuso a escuchar los mensajes que tenía grabados en el contestador mientras se quitaba el abrigo.

– ¡Kelly! -exclamó la voz de su hermana. Sonaba completamente frenética. Kelly sonrió. Su hermana era tan dada al dramatismo-. Soy Karla. Esperaba poder hablar contigo. Mira, son las seis más o menos y yo sigo en la tienda, pero voy a cerrar pronto. Después iré a recoger a los niños y luego me marcharé a casa de mamá y papá. Pensaba que tal vez podrías reunirte allí conmigo… Llámame a la tienda o trata de ponerte en contacto conmigo en casa de mamá y papá.

Kelly comprobó la hora y vio que eran casi las siete y media. Como no había más mensajes, llamó a la casa de sus padres. Karla contestó casi inmediatamente.

– He recibido tu mensaje -dijo Kelly.



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