
Matt no realizó comentario alguno. Ni siquiera quería pensar en los terribles años en los que John Randall decidió divorciarse de su esposa y casarse con una mujer mucho más joven, Penelope Henley, Penny, que se convirtió en su madrastra y les dio a todos una hermana con la que ninguno de ellos sabía qué hacer.
– Me he arrepentido muchas veces de eso -confesó John Randall sobre el suspiro del viento-, pero todo eso es ahora agua pasada dado que tanto Larissa como Penny ya no se encuentran entre nosotros. Jamás pensé que enterraría a dos esposas -añadió, tras aclararse la garganta.
– Una esposa y una ex esposa -aclaró Matt.
El anciano frunció los labios, pero no discutió.
– Lo que quiero de ti, de todos mis hijos, son nietos. Eso ya lo sabes. Es el sueño de un viejo, lo sé, pero es algo completamente natural. Me gustaría irme a la tumba en paz sabiendo que has encontrado una buena mujer con la que sentar la cabeza, tener una familia y que te estás esforzando para que el apellido McCafferty siga existiendo durante unas cuantas generaciones más.
– Hay mucho tiempo…
– ¡No lo hay! ¡Para mí no lo hay! -le espetó John Randall.
Matt se sentía manipulado por su padre por centésima vez, por lo que trató de devolverle la hebilla.
– Si se trata de una especie de soborno o algo así, yo…
– No se trata de ningún soborno -replicó el anciano muy enojado-. Quiero que tengas esa hebilla porque significa mucho para mí y dado que tú hiciste rodeo hace algunos años, pensé que apreciarías su valor -explicó. Entonces, señaló la hebilla con mano temblorosa-. Dale la vuelta.
Matt hizo lo que su padre le pidió y vio que había unas palabras grabadas en el reverso.
Para mi vaquero. Te querré siempre. Larissa.
