
Sintió un nudo en la garganta durante un instante al pensar en su madre, la del cabello negro brillante y los sonrientes ojos pardos. Del espíritu libre que había sido, Larissa se convirtió en una prisionera en su propio rancho y buscó la felicidad y la paz que no había podido encontrar en las botellas que había escondido por los rincones de la casa que había llegado a odiar tanto. De repente, Matt comprendió lo mucho que la echaba de menos. Su padre le había hecho mucho daño. No se podía explicar de otro modo.
– Larissa hizo que le grabaran esas palabras después de que yo la ganara. Diablos, por aquel entonces estaba loca por mí -susurró John Randall. Las arrugas que le rodeaban ojos y boca se profundizaron por la tristeza. Una pequeña sombra de culpabilidad se le reflejó en los ojos-. Y ahora quiero que la tengas tú, Matthew.
Matt agarró la hebilla con fuerza, pero no dijo ni una sola palabra. No podía hacerlo.
– Y quiero tener nietos. No es mucho pedir para un anciano.
– Yo no estoy casado.
– Entonces, cásate -afirmó su padre mirándolo de la cabeza a los pies-. Un hombre tan apuesto como tú no debería tener demasiados problemas.
– Tal vez no creo en el matrimonio.
– En ese caso, tal vez seas un necio.
Matt delineó la silueta del potro con un dedo.
– Podría ser que yo haya aprendido del mayor de todos.
– Pues olvídalo -le ordenó John Randall, como el mismo tono de voz que hacía siempre. Siempre era al modo de su padre o al suyo propio. Matt había elegido siempre este último.
– Tengo un caballo que domar y mi propia casa de la que ocuparme.
– Esperaba que fueras a quedarte aquí -dijo su padre. Tenía una nota de desesperación en la voz, pero Matt decidió mantenerse firme. Había pasado demasiada agua por debajo del maldito puente, aguas cenagosas y traicioneras que se veían alimentadas por una corriente de mentiras y engaños, la clase de aguas en las que un hombre podía ahogarse fácilmente.
