Matt había regresado al rancho para tratar de reparar emocionalmente la relación con su padre y para ayudar al capataz, Larry Todd, durante una semana más o menos. Pero su propio rancho, unas pocas hectáreas cerca del límite del estado con Idaho, necesitaba su atención.

– No puedo, papá -dijo mientras observaba el vuelo de una avispa hacia el porche trasero-. Tal vez vaya siendo hora de que te lleve de nuevo dentro de casa.

– Por el amor de Dios, no te atrevas a tratarme como si fuera un niño, hijo. No me voy a morir aquí y ahora mismo -replicó John Randall. Se colocó las manos sobre el regazo y miró entre los maderos de la valla hasta el corral en el que el potro appaloosa, que aún llevaba puesta la silla vacía, golpeaba el suelo y levantaba el polvo a patada-. Te observaré mientras tratas de montarlo. Será muy interesante ver quién gana, si Diablo o tú.

Matt levantó una ceja con gesto de incredulidad.

– ¿Estás seguro?

– Sí.

– Bien -respondió Matt. Se cuadró el sombrero sobre la cabeza y se subió a la valla-, pero te aseguro que no va a ser un duelo muy reñido.

Se dirigió al caballo con renovada determinación sin dejar de mirar al potro, cuyos músculos temblaban más con cada paso que Matt daba. Había pocas cosas en la vida que pudieran derrotar a Matt McCafferty. Un potro demasiado nervioso no era una de ellas. Tampoco lo era su padre. No. Su debilidad, si es que tenía alguna, eran las mujeres, en particular las de temperamento fiero y testarudo. Las que trataba de evitar como si fueran el propio diablo.

Su padre quería que encontrara una mujer, que se casara y que empezara a criar un montón de niños. Cuando agarró las riendas del potro, estuvo a punto de soltar una carcajada. Matt McCafferty no se casaría jamás. Ni hoy, ni mañana ni nunca. Así eran las cosas.

Uno

En el mes de noviembre

Ella lo había conocido antes. Lo había visto en muchas ocasiones. Pero eso no significaba que tuviera que sentir simpatía hacia él. Ni hablar.



6 из 183