
Kelly sentía una profunda antipatía hacia él. Había fuego en los ojos castaños de McCafferty e ira reflejada en su rostro. Sí. Efectivamente, estaba cortado por el mismo patrón que los otros. Se puso de pie y abrió la puerta de su despacho justo al mismo tiempo que él se disponía a aporrear la madera de roble.
– Señor McCafferty -dijo, fingiendo una sonrisa-. Es un placer volver a verlo.
– Déjese de tonterías -replicó él sin preámbulo alguno.
– Bien -repuso ella. Por lo menos, iba directo al grano-. ¿Por qué no entra usted y…? -sugirió, pero él ya había cruzado el umbral de la puerta. Estaba en el interior del pequeño despacho de cristal, recorriendo como un animal enjaulado la pequeña distancia que había entre una pared y otra.
Stella Gamble, la regordeta y nerviosa recepcionista, había abandonado su puesto y se había dirigido a la puerta del despacho de Kelly. La brillante laca de uñas que llevaba puesta reflejaba la luz de las lámparas fluorescentes.
– He tratado de detenerlo, de verdad -dijo, sacudiendo la cabeza. Los rizos rubios que enmarcaban su rostro le acariciaban suavemente las sonrojadas mejillas-, pero no me ha escuchado ni siquiera.
– Un rasgo familiar.
– Lo siento.
– No importa, Stella. Tranquila. De todos modos, necesitaba hablar con uno de los hermanos McCafferty -le aseguró Kelly, aunque estaba exagerando un poco la verdad. No tenía pensada ninguna conversación con Thorne, Slade ni mucho menos Matt, sobre todo cuando Nathaniel Biggs estaba llamando cada dos horas, completamente seguro de que alguien le había robado su mejor toro la noche anterior. Perry Carmichael la había informado de una extraña luz sobre los robles que había detrás de su cobertizo de la maquinaria y Dora Haines había vuelto a desaparecer y probablemente se encontraba vagando por las colinas con aquellas frías temperaturas bajo cero y un nuevo frente que amenazaba con llegar al atardecer.
