No era que el caso de los McCafferty no fuera importante, simplemente no era el único en el que ella estaba trabajando-. No te preocupes, Stella. Yo hablaré con el señor McCafferty.

– Nadie debería pasar de largo por delante de mí -se quejó la recepcionista.

– Tienes razón. No deberían -dijo Kelly mirando con desaprobación al recién llegado-, pero, como te he dicho, tenía que hablar con el señor McCafferty de todos modos. Además, no creo que sea peligroso.

– Yo no estaría tan seguro -replicó McCafferty. Estaba de pie delante de uno de los archivos y parecía capaz de echar fuego por la boca.

En aquel momento, el teléfono comenzó a sonar en el escritorio de Stella.

– Yo me ocuparé de esto -dijo Kelly mientras Stella regresaba rápidamente a recepción para colocarse sus cascos.

Kelly cerró la puerta y echó las cortinas para procurar la necesaria intimidad.

– Siéntese -lo invitó mientras retiraba las carpetas que se acumulaban en la única silla disponible para las visitas.

Él no se movió, pero no dejó de mirarla mientras Kelly rodeaba la mesa para ir a tomar asiento detrás del antiguo escritorio de roble.

– Estoy cansado ya de que nos andemos por las ramas -dijo, casi sin mover la boca.

– ¿Por las ramas?

– Sí -respondió él. Entonces, colocó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia ella-. Quiero respuestas, maldita sea. Mi hermana lleva en coma más de un mes a causa de un accidente que, en mi opinión, fue provocado por otro coche que sacó el Jeep de ella de la carretera, y ustedes no están haciendo nada para descubrir qué fue lo que ocurrió. ¡Alguien trató de asesinarla ese día y no va a parar hasta que termine el trabajo!



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