– ¿Y nosotros, abate, usted y yo?

– Ah, Dantés, piensa que eres el hijo de mi cautiverio.

– Extraño a mi viejo padre. ¿Habrá muerto?

– Acéptame como tu verdadero padre.

– Gracias, señor, pero no puedo. Sueño con regresar a Marsella, besar a mi padre, casarme con mi novia, reasumir el mando de mi nave…

Sentí en ese momento que tus ambiciones eran muy pequeñas, Dantés. ¿Y los tigres bípedos que te engañaron y te enviaron aquí? ¿En ellos no piensas? ¿Tan bondadoso eres que sólo piensas en las dulzuras de la vida, olvidando sus acíbares? ¿O debo concluir, Dantés, que si logras escapar del Castillo de If vas a volver de nuevo a tus hábitos sencillos, a la simpleza del alma, al olvido de la venganza? ¿No te han servido de nada mis lecciones? ¿He perdido el tiempo contigo? ¿Te sientes tan compadecido de mi edad y de mis tribulaciones que quieres imitarme en la bondad, olvidando que tu misión es la venganza?

Me respondo a mí mismo, generoso anciano que soy: No, desde ahora, aunque me sobreviva y se quede para siempre en la cárcel, Edmundo Dantés ya no tendrá una cabeza deshabitada. Podrá leer en los muros de mi celda la historia del cielo y de la tierra, podrá hablarse a sí mismo en cinco lenguas vivas y hasta tres lenguas muertas, podrá alabar a su novia en griego, pero dudo que maldiga a sus enemigos en hebreo. Carece del fuego de la intriga y la pasión de la venganza. Sus odios son fuegos fatuos; los extingue una bondad intrínseca. Prefirió ser "normal" a ser excepcional. Sabrá que el cuchillo en la mesa se coloca a la derecha, pero no sabrá enterrarlo en el corazón de Danglars, Mondego, Villefort, no sabrá arruinar al banquero codicioso, ni someter al militar traidor, ni denunciar al juez venal. ¿Para qué, entonces, darle a Dantés más de lo que la vida le quitó?



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