
– Es lo único en lo que he sido capaz de pensar desde la boda de Max -susurró.
– Puede que tengas problemas en seguirle la pista a Piper. La semana pasada llamó a Olivia desde Sydney. No estoy seguro de que haya regresado ya a Estados Unidos.
– La encontraré aunque tenga que volar hasta Australia.
– Si me entero de algún cambio, te lo haré saber. ¿Estás seguro de que no quieres que vaya contigo a Nueva York?
– Esperemos y veamos qué tiene que decir signore Rossi acerca del peine. Si es el original, entonces tendremos que charlar con Max.
– Muy bien. Buena suerte y cuídate, mon vieux.
Nic sabía lo que su primo quería decir. Desde la boda de Luc, Nic no se había atrevido a poner un ojo en Piper. Debido a la odiosa banda negra, como crudo recuerdo de su oscuro pasado y su dolor, no había sido capaz de acercarse a ella.
Durante los últimos once meses, veinticinco días y siete horas había llevado la banda fielmente, excepto por los cuatro días en que se había hecho pasar por el capitán del Piccione, el pasado junio. Aquellos cuatro días habían sido suficientes para que un par de ojos de color aguamarina lo embrujaran mientras que él y sus primos perseguían a las trillizas Duchess creyendo que ellas eran las responsables del robo de las joyas de la familia Varano del palacio de Colorno en Italia.
Nada más lejos de la realidad y, sin embargo, aquel corto espacio de tiempo había cambiado su vida para siempre.
– Voy a necesitarla, Luc.
– ¿Cuál es tu plan?
– Buena pregunta. Técnicamente hablando debería haber esperado una semana más antes de quitarme la banda, pero como me voy del país por un tiempo indefinido, nadie notará la diferencia excepto Piper. Eso si todavía me habla.
– Si alguien puede ganársela, ése eres tú. Hablamos más tarde.
