
Sin embargo, él la había conducido hasta la capilla de la familia, donde los esperaba el sacerdote. Allí fue donde se encontró con Greer, Max y el resto de la familia Parma-Borbón, que esperaban ver la celebración de la inminente boda de la menor de las Duchess y el hijo mayor del duque de Falcón.
Nic también recordaría aquella noche. Él le dedicó lo que ella y sus hermanas llamaban su sonrisa castellana. Una deslumbrante y masculina sonrisa que era su sello de identidad.
Pero, tal y como él mismo había explicado en alguna ocasión, castellano era un calificativo inexacto, puesto que por parte de los Varano, él era italiano y por otro lado la familia Pastrana no procedía de Castilla. Las raíces reales de los Pastrana provenían de una región del sur de España llamada Andalucía.
A través de sus hermanas Piper había aprendido que la familia Robles también guardaba cierto parentesco con la casa española de Parma-Borbón, aunque nunca llegaran a adquirir la importancia de los Pastrana.
– ¿Cómo es que te dejas caer por tierras americanas? ¿Algún negocio importante te ha traído hasta este lado del Atlántico?
Él alzó su orgullosa y aristocrática cabeza y le lanzó una enigmática mirada. Ella pensó que parecía algo más delgado y demacrado pero, aun así, estaba más guapo que nunca. Piper no era una de esas mujeres que se desmayaban pero si lo fuera, se habría caído redonda en la puerta de su despacho.
– Llevo en Nueva York unos cuantos días porque otra de las piezas de la colección de joyas ha aparecido en la casa de subastas de Christie’s y ha resultado ser auténtica.
– ¿No me digas que por fin se ha descubierto el colgante de la duquesa?
– No. Se trata de un peine con incrustaciones preciosas.
