Piper se había olvidado de la colección. Si ella y sus hermanas no hubieran lucido sus colgantes de la duquesa en su primer viaje, nunca habrían sabido que existía un colgante idéntico al suyo que había sido robado del museo y nunca habrían conocidos a los tres primos.

Y ella nunca habría conocido a Nicolás de Pastrana.

No importaba que él le hubiera roto el corazón, pensar que no lo hubiera conocido era un hecho tan incomprensible que se puso a temblar.

Furiosa por su reacción, le dijo:

– Si por casualidad mis hermanas te dijeron que te dejaras caer por aquí para convencerme de que vuele a Europa para visitarlas, estás perdiendo el tiempo.

Él permanecía allí, con las piernas ligeramente separadas y con los brazos cruzados.

– Tus hermanas no tienen idea de que estoy aquí.

Ella le lanzó una gélida sonrisa.

– Ya que tu luto no termina hasta febrero, apuesto a que la familia de Nina tampoco sabe dónde estás.

Piper había introducido a la prometida de Nic en la conversación a propósito para recordarle la forma en la que él la había rechazado aquella tarde, después de la boda de Max.

Cuando ella había intentado ayudarlo a quitarse la chaqueta de su esmoquin y le había sugerido que, para refrescarse, se echaran una siesta en el césped al lado del viejo molino de agua, él la había agarrado de las manos y la había empujado hacia atrás.

Después de reírse de ella por no saber comportarse en sociedad con un hombre que llevaba una banda en señal de luto, dijo que la excusaría por ser una de las notables trillizas Duchess.

El daño que le había causado nunca desaparecería. Ella nunca lo perdonaría.

El pareció haberle leído la mente, porque con un gesto tremendamente masculino se quitó la chaqueta, haciendo que la atención de Piper se dirigiera a sus anchos hombros. Tampoco había señal de la banda negra en las mangas de su camisa de color gris claro.



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