
– Como puedes ver ya no guardo luto.
– No me digas. Tienes que encargarte de algún asunto en Nueva York y has tenido que quitártela antes de tiempo. ¿No será que has decidido echarte una siesta conmigo antes de regresar a Marbella, verdad? Eso es lo que yo llamo hacer trampas, y es algo que yo no hago.
Las arrugas ensombrecieron las duras facciones de Nic. Bien. Ya le había asestado el primer golpe y seguiría presionándolo hasta deshacerse de él.
– He venido a pedirte un gran favor.
– ¿En serio?
Las mejillas le ardían.
– ¿Sabe Camilla algo de esto? Supongo que estará esperando que llegue el próximo mes para convertirse en tu prometida.
Una pequeña vena latía en la tensa mandíbula de Nic. Tenía que frustrarlo el hecho de que, ahora que sus primos estaban casados con sus hermanas, no hubiera secretos entre ellos en cuanto a su vida privada.
– Estoy aquí para hablar sobre nosotros.
– ¿Nosotros? -estalló ella-. ¡No hay ningún nosotros! Me comprometí estando en Sydney y ahora ya sé lo suficiente como para saber que debo pasearme por ahí con mi prometido y nadie más.
Una aplastante calma invadió la atmósfera.
– No te creo.
A Piper el corazón casi se le salía del pecho.
– ¿Qué es lo que no te crees? ¿Que tengo principios o que ahora soy una mujer comprometida?
Disfrutando de su momento triunfal, llamó por teléfono a Don. Corría un gran riesgo, pero él sabía toda su historia de desamor con Nic. Todo dependía de que él le siguiera el juego.
– ¿Don?
– Hola. Iba a preguntarte ahora mismo si quieres que vayamos comer a Alfie’s.
Don se merecía un sobresaliente por haber empezado de esa forma.
– Me encantaría. Pero primero, ¿puedes venir un minuto a mi despacho? Tengo una visita procedente de España, Nicolás de Pastrana, el primo de Greer y Olivia. Ha venido a pedirme un favor. Como tú y yo nos comprometimos en Sydney, me gustaría presentártelo.
