
– Voy enseguida -dijo Don sin rechistar.
Bendito hombre.
Al instante, su socio entró a través de la puerta que conectaba sus despachos. Piper se dirigió hacia él y le dio un cariñoso abrazo.
– ¿Cariño? Estaba poniendo a Nic al corriente.
Al girarse hacia Nic, expuso a propósito su mano izquierda para que él pudiera ver el anillo. Una amenaza de alarma recorrió su cuerpo al ver la violenta expresión de él y que ponía de manifiesto el ardor mediterráneo que corría por sus andaluzas venas.
– Este es mi prometido, Don Jardine.
Nic lo saludó con la cabeza para no hacer el esfuerzo de estrecharle la mano.
– Jardine. ¿No eras tú quien salía con Greer?
Piper se tambaleó por un momento.
– Quedamos algunas veces.
Al oír la respuesta de Don, los labios de Nic expresaron desagrado antes de atravesar a Piper con una oscura y penetrante mirada.
– Una para todas y todas para una. El lema de las Duchess -dijo arrastrando las palabras.
Antes de que pudiera reaccionar, Nic la agarró de la mano izquierda.
– Un anillo muy bonito, pero te queda un poco grande, ¿no?
Con la habilidad de un mago, lo sacó de su dedo y lo alzó en el aire para examinarlo.
– Para Jan, por siempre -leyó la inscripción en voz alta.
Antes de volver a su oficina Don le dio a Piper un apretón en la cintura.
– Buena suerte, vas a necesitarla.
Cuando escuchó que la puerta se hubo cerrado, Nic dijo:
– Me da pena. Se comporta como un calzonazos con las hermanas Duchess.
Ella se puso tensa.
– Has sido muy cruel al hacer eso en presencia de él.
– No más cruel que tú al pedirle a tu asistente que te cediera su anillo de compromiso simplemente porque eres su jefa. Me di cuenta de que ella lo llevaba cuando me atendió en el mostrador.
Y, cerrando el puño, metió el anillo en su bolsillo. Piper debería haber imaginado que alguien tan astuto sería capaz de descubrir su descarada mentira. A Nic nada se le escapaba.
