– Tres nada menos. -Elliott apoyó la cara en la mano después de colocar el codo sobre el reposabrazos-. Pero seguro que las noticias las alegrarán tanto como a él. ¿Cómo no iban a hacerlo? Estarán en las nubes. E intentarán por todos los medios que su hermano se dé prisa en preparar el equipaje y partir lo antes posible.

– Para ser un hombre con hermanas, te veo muy optimista, Elliott -comentó George con sorna-. ¿De verdad crees que se reunirán en la puerta al día siguiente de conocernos a fin de despedirse de su único hermano para siempre? ¿De verdad crees que seguirán con sus vidas como si nada hubiera pasado? ¿No crees que lo más seguro es que quieran remendarle todos los calcetines y confeccionarle media docena de camisas nuevas…? ¿O hacer un millar de otras cosas útiles e inútiles por su hermano?

– ¡Maldita sea mi estampa! -Elliott se dio unos golpecitos en el muslo-. Quería pasar por alto la posibilidad de que representaran un inconveniente, George. Como suele suceder con las mujeres. Con lo sencilla y cómoda que sería la vida sin ellas… En ocasiones me tienta la vida monástica.

Su amigo lo miró sin dar crédito y entonces soltó una sonora carcajada que puso de manifiesto lo gracioso e inconcebible que encontraba dicho comentario.

– Conozco a cierta viuda que retomaría el luto y se sumiría en una profunda melancolía si lo hicieras -le aseguró George-. Por no mencionar a todas las damas solteras de la alta sociedad de menos de cuarenta años. Y a sus madres. Además, ¿no me dijiste ayer mismo cuando veníamos de camino que tu principal objetivo durante la próxima temporada social será elegir esposa?

Elliott hizo una mueca.

– Pues sí-reconoció, al tiempo que dejaba de darse golpecitos en la pierna con los dedos, aunque al instante volvió a hacerlo con renovado ímpetu-.



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