
El vizconde de Lyngate miró a su secretario y amigo con seriedad.
– ¿Has hablado en plural? Creo que estás equivocado, amigo mío -le aseguró-. Puede que a ti te guste pasar toda la noche bailando. Pero yo preferiría una botella de buen vino, si es que se puede encontrar semejante lujo en este remedo de posada, un buen fuego en la chimenea y una buena noche de sueño si no se me presenta nada mejor. Y una fiesta pueblerina no entra en esa categoría ni por asomo. Sé de buena tinta que esas idílicas pastorales que aseguran que las doncellas campestres no solo abundan, sino que son siempre rubias, voluptuosas, de mejillas sonrosadas y muy dispuestas solo son patrañas que no valen ni el papel en el que están escritas. Vas a bailar con señoras casadas de caras largas y con sus atontadas hijas, George, date por avisado. Y tendrás que entablar conversación con un buen número de caballeros con la cabeza aún más hueca que la de sir Humphrey Dew.
Tuvo que reconocer que era un comentario muy cruel.
Sir Humphrey había sido muy amigable y hospitalario.
Y un cabeza hueca.
– ¿Eso quiere decir que vas a quedarte en tus aposentos? -George seguía sonriendo-. Es posible que te lleguen los acordes de los violines y las risas durante toda la noche, compañero.
El vizconde de Lyngate se pasó los dedos por el pelo y suspiró con fuerza. Siguió balanceando la pierna.
– Tal vez eso sea preferible a dejar que me paseen como un mono de feria -replicó-. ¿Por qué hemos tenido que llegar hoy y no mañana, George? Mañana habría estado igual de bien.
– Lo mismo puede decirse de ayer -señaló su amigo con lógica-. Pero el hecho es que hemos llegado hoy.
Elliott frunció el ceño.
– Pero si hubiéramos llegado ayer -dijo-, ahora ya estaríamos de camino a casa, con el deber cumplido y con el muchacho.
– Dudo mucho que sea tan sencillo como esperas -le avisó George Bowen-. Incluso los muchachos necesitan tiempo para asimilar noticias que no esperan y para hacer el equipaje y despedirse. Además, hay que tener en cuenta a sus hermanas.
