
Sobre todo porque su abuelo le había indicado con énfasis que la señora Anna Bromley Hayes, su amante durante los últimos dos años, no podría ser su esposa. Aunque tampoco habría hecho falta que su abuelo se lo dijera. Anna era guapa, voluptuosa y muy habilidosa en los asuntos de alcoba, pero había tenido un sinfín de amantes antes que él, algunos en vida de su difunto esposo. Y jamás había sido discreta en sus aventuras. Estaba orgullosa de ellas. Sin duda alguna, en el futuro querría seguir incrementando su lista de amantes aparte de él.
– Eso está bien -dijo George-. Si abrazaras la vida monástica, no necesitarías a un secretario y yo perdería un puesto muy lucrativo. Eso me molestaría muchísimo.
– Mmm. -Elliott apartó la pierna del reposabrazos y apoyó el pie sobre la rodilla de la otra pierna.
Ojalá no hubiera pensado en Anna. No la había visto, y lo más importante: no se había acostado con ella, desde Navidad. Era una eternidad. Un hombre no estaba hecho para el celibato. Había llegado a esa conclusión mucho tiempo atrás; un motivo más para no dejarse tentar por la vida monástica.
– Es posible que las tres hermanas asistan al baile esta noche -afirmó George-. ¿No ha dicho sir Humphrey que iba a ir hasta el gato? O algo parecido, creo. Tal vez el muchacho también asista.
– Es demasiado joven -replicó Elliott.
– Pero estamos en pleno campo -le recordó su amigo-, muy alejados de las convenciones sociales. Te apuesto lo que quieras a que estará allí.
