– Si crees que con eso vas a convencerme para que asista, te equivocas de parte a parte, George -le advirtió-. No pienso entablar conversación con él esta noche bajo la atenta mirada de todo un pueblo de cotillas. ¡Faltaría más!

– Pero puedes echarle un ojo. Los dos podemos hacerlo. Y a sus hermanas también. Además, amigo mío, ¿cómo hacer el feo de no asistir cuando sir Humphrey Dew ha venido a verte en cuanto le han llegado las noticias de tu presencia? Recuerda que ha venido en persona para invitarnos a la velada y que se ha ofrecido a acompañarnos para presentarnos a todas las personas dignas de semejante honor. Estoy convencido de que no excluirá a nadie. Será incapaz de resistirse.

– George, ¿acaso te pago para que seas mi conciencia? -le preguntó. Su amigo, muy lejos de acobardarse, se limitó a reírse-. ¿Cómo se enteró de que estábamos aquí? -prosiguió Elliott, de nuevo enfadado y molesto-. Hace menos de dos horas que llegamos al pueblo y nos instalamos en la posada, y nadie sabía que veníamos.

George se frotó las manos cerca del fuego antes de dar media vuelta y dirigirse hacia su habitación con paso firme.

– Estamos en el campo, Elliott -volvió a recordarle-. Aquí las noticias vuelan de casa en casa y de puerta en puerta. No me cabe la menor duda de que hasta la más humilde fregona sabe a estas alturas que estás en Throckbridge y está intentando, en vano, encontrar un alma que no lo sepa. Y todo el mundo se habrá enterado de que sir Humphrey te ha invitado personalmente a la fiesta. ¿Vas a decepcionarlos a todos quedándote en tu habitación?

– Te equivocas al usar el singular -le advirtió, al tiempo que lo señalaba con un dedo-. Porque no solo están al tanto de mi presencia. También lo están de la tuya. Ve tú y entretenlos si crees que es tu deber.

George chasqueó la lengua y abrió la puerta que daba a su dormitorio.

– Yo no soy un aristócrata -replicó-.



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