Si alguna persona que no lo conociera hubiera pasado por allí, habría dado un rodeo para no acercarse a él.

Pero no había nadie, salvo su caballo, que pastaba suelto en las cercanías, al parecer tan ajeno al frío y a la lluvia como su dueño.

El individuo se encontraba a los pies de una tumba, la tumba más nueva del cementerio, aunque el viento y las heladas invernales habían oscurecido la tierra, otorgándole un aspecto apenas diferente a las restantes. La lápida gris sí conservaba su aspecto, y parecía recién colocada.

Los ojos del hombre estaban clavados en la segunda línea de la lápida: «Muerto a los dieciséis años». Y debajo: «Descanse en paz».

– Ha encontrado al hombre que estaba buscando, Jon -dijo en voz baja, dirigiéndose a la lápida-. Y lo más extraño de todo es que la noticia te habría encantado, ¿verdad? Te habrías alegrado y emocionado muchísimo. Habrías exigido conocerlo, habrías deseado hacerte su amigo y quererlo. Pero nadie pensó en buscarlo hasta después de tu muerte.

La lápida no le ofreció ninguna réplica, y sus labios esbozaron un gesto más parecido a una mueca que a una sonrisa.

– Porque tú querías a todo el mundo -continuó-. Hasta a mí. Sobre todo a mí.

Siguió contemplando con gesto meditabundo el suave montículo de tierra que se alzaba a los pies de la lápida mientras recordaba a su hermano, enterrado a dos metros bajo tierra.

Habían celebrado el decimosexto cumpleaños de Jon, los dos, con los platos preferidos de su hermano, que incluían hojaldres rellenos con natillas y tartaletas de fruta, y con sus juegos de cartas preferidos, y después habían jugado animosamente al escondite durante dos horas hasta que Jon estuvo exhausto y muerto de la risa, detalle que facilitaba la tarea de encontrarlo cuando le tocaba esconderse. Una hora más tarde estaba acostado y sonriéndole a su hermano mientras este apagaba la vela antes de retirarse a su dormitorio.



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