
– Gracias por una fiesta de cumpleaños divertidísima, Con -le había dicho con su nueva voz, mucho más ronca que la de antes, y que resultaba incongruente por el uso infantil que hacía de las palabras y las expresiones-. Ha sido la mejor de la mejor de la historia del mundo.
Todos los años decía lo mismo.
– Te quiero, Con -dijo mientras su hermano se inclinaba para apagar la vela-. Te quiero más a que a nadie en el mundo. Te quiero mucho, mucho, muchísimo. Amén. -Se echó a reír después de pronunciar la consabida coletilla-. ¿Podemos jugar mañana?
Sin embargo, cuando su hermano volvió por la mañana para mofarse porque se le habían pegado las sábanas a sus flamantes dieciséis años, descubrió a Jon frío. Llevaba muerto varias horas.
Fue un golpe demoledor. Pero no una sorpresa.
Los niños como Jon, según le advirtió el médico a su padre después de su nacimiento, no solían vivir más de doce años. El niño tenía una cabeza más grande de lo normal y sus rasgos parecían estar aplastados, lo que le otorgaba un aspecto mongólico. Siempre había sido regordete y desmañado. Le había costado mucho aprender los conceptos básicos que los niños normalmente adquirían sin dificultad durante sus primeros años de vida. Siempre fue lento de entendederas, pero no imbécil, ni mucho menos.
Como era de esperar, casi todo aquel que lo veía lo tildaba de idiota, incluso su padre.
Tal vez solo hubiera una cosa en la que Jon había destacado, y en eso había destacado por encima del resto del mundo: en su capacidad para amar. Porque Jon amaba a todos de forma incondicional.
