Mucho, mucho, muchísimo.

Amén.

Y había muerto.

Y Con tendría que hacer de tripas corazón y marcharse de casa… por fin. Se había marchado muchas veces, claro estaba, si bien sus ausencias nunca habían sido muy prolongadas. Algo lo instaba a regresar siempre, sobre todo porque no confiaba en que le prestasen a Jon el tiempo y la paciencia necesarios para que fuera feliz, aunque en realidad lograrlo era lo más fácil del mundo. Además, Jon se ponía muy triste y nervioso si estaba fuera más de la cuenta, y volvía loca a la servidumbre con sus incesantes preguntas sobre la fecha de su regreso.

Pero la primavera se acercaba y ya no había nada que lo retuviera en Warren Hall.

En esa ocasión se marcharía para siempre.

¿Por qué había prolongado tanto su estancia? ¿Por qué no se había marchado al día siguiente del entierro? ¿Por qué había ido al cementerio todos los días desde entonces? Su hermano estaba muerto y no lo necesitaba.

¿Sería él quien necesitaba a Jon?

Su sonrisa, o su mueca, se tornó más irónica.

No necesitaba nada ni tampoco necesitaba a nadie. Había pasado toda la vida cultivando ese desapego. Su instinto de supervivencia se lo había exigido. Había vivido en Warren Hall casi toda su vida. Sus padres, que lo habían educado en la casa solariega como el primogénito que era, también yacían en sus tumbas al lado de la de Jon No las miró siquiera. Tampoco miró las demás, las de sus numerosos hermanos que no habían logrado sobrevivir a la infancia. Solo él, el primogénito, y Jon, el benjamín. Una extraña ironía. Los dos indeseables habían sobrevivido.

Pero Jon también se había ido.

Otro ocuparía su lugar en breve.

– ¿Estarás bien sin mí, Jon? -murmuró.

Se inclinó y colocó sobre la lápida la mano con la que sujetaba la fusta. La piedra estaba fría y húmeda, su tacto era duro e implacable.

Oyó que se acercaba otro caballo y el suyo relinchó a modo de saludo. Apretó la mandíbula. Debía de ser él. Ni siquiera en el cementerio lo dejaba tranquilo. No se volvió. No reconocería su presencia.



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