El varón más joven sería Stephen Huxtable. Solo tenía diecisiete años, aunque a nadie se le había pasado por la cabeza que no asistiera. Pese a su juventud, era el preferido de las mujeres de todas las edades. Melinda, en especial, llevaba tres años suspirando por él, fecha en la que se vio obligada a renunciar a él como compañero de juegos porque su madre dejó de considerar apropiado que estuvieran juntos a todas horas a tenor de sus avanzadas edades y la diferencia de sexos.

El día del baile estuvo lloviznando desde el amanecer, aunque no parecía tan desastroso como la predicción del anciano señor Fuller, que el domingo anterior, después de misa, anunció mientras movía la cabeza y parpadeaba sin cesar que habría dos metros de nieve. El salón de reuniones de la posada estaba recién barrido y fregado; los candelabros de pared tenían velas nuevas; el fuego crepitaba en las chimeneas situadas en los extremos opuestos de la estancia; y se había probado el piano para comprobar que estuviera afinado… aunque a nadie se le había ocurrido pensar qué hacer si no era ese el caso, ya que el afinador más cercano vivía a más de treinta kilómetros de distancia. El señor Rigg se llevó el violín, lo afinó y estuvo tocando un poco a fin de calentar los dedos y hacerse a la acústica de la estancia. Las mujeres llevaron comida suficiente para alimentar a quinientas personas y dejarlas saciadas durante una semana entera, o eso declaró el señor Rigg después de probar una tartaleta de mermelada y unos trozos de queso, motivo por el cual su nuera le llamó la atención dándole una palmadita en la mano.

Las mujeres de todas las edades se pasaron el día rizándose el pelo y cambiándose de vestido unas cuantas veces hasta que acabaron volviendo, cómo no, a su primera opción. Casi todas las jóvenes casaderas de menos de treinta años, y bastantes de las que superaban esa edad, soñaban con San Valentín y con las posibilidades románticas que ese día podría reportarles si acaso… En fin, si acaso un adonis desconocido apareciera de la nada para caer rendido a sus pies. O en cualquier caso si un conocido por el que sintieran especial predilección se dignara bailar con ellas y reparara en sus maravillosos encantos y…



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