
Bueno, al fin y al cabo era el día de San Valentín.
Y aunque a lo largo y ancho del pueblo todos los hombres fingían un enorme desinterés por todo ese fastidioso asunto de la fiesta, se aseguraron de que sus zapatos de baile estuvieran bien relucientes, de que sus fracs estuvieran impecables y de haber invitado a bailar a la mujer con la que deseaban compartir la primera pieza. Después de todo, las damas seguro que se mostrarían más predispuestas de lo acostumbrado al coqueteo, dado que se estaba celebrando el día de San Valentín.
Aquellas personas demasiado mayores para bailar, para coquetear o para soñar con un romance arrebatador esperaban una velada bulliciosa en la que cotillear y jugar a las cartas… y un festín delicioso que siempre era lo mejor de todas las celebraciones locales.
Por tanto, salvo por las quejas de los más jóvenes del pueblo, todos se mostraban entusiasmados con el baile, ya fuera abiertamente o para sus adentros.
Sin embargo, había una excepción muy notable.
– ¡Una fiesta pueblerina, por el amor de Dios! -Elliott Wallace, vizconde de Lyngate, estaba repantingado en un sillón una hora antes de que diera comienzo el baile; sobre el apoyabrazos había colocado una pierna, que balanceaba con impaciencia-. ¿Podríamos haber llegado en peor momento aunque nos lo hubiéramos propuesto, George?
George Bowen, que estaba delante de la chimenea para calentarse las manos, sonrió sin dejar de mirar las ascuas.
– ¿Bailar con unas cuantas pueblerinas solteras no te parece un buena forma de divertirse? -preguntó-. Pues tal vez sea lo que necesitamos para aliviar los músculos que tenemos agarrotados por el largo viaje.
