-Mi querida esposa, a todos debe sobrevenirnos la muerte. Terminado nuestro parlamento, debemos hacer una reverencia y salir de escena, para dar entrada al actor que nos sucede.

-Bien lo sé, y por eso estoy triste.

Enrique se acercó a rodearle los hombros con un brazo.

-Mi pobre y dulce Blanca -murmuró-, sois demasiado sensible.

Ella le tomó la mano y se la besó. Por el momento, incluso Blanca se dejaba engañar por la suavidad de sus maneras. Más adelante se preguntaría tal vez en qué pensaría él mientras la acariciaba. Enrique era capaz de decirle que ella era la única mujer a quien realmente amaba, en el momento preciso en que proyectaba deshacerse de ella.

Doce años de vida en común con Enrique habían hecho que Blanca lo conociera bien: era tan superficial como encantador y sería tonta de estremecerse porque él le diera a entender que seguía ocupando un lugar importante en sus afectos. Bien sabía Blanca la vida que llevaba su marido; había tenido tantas amantes que le era imposible saber cuántas. Era posible que, en el momento mismo en que intentaba sugerirle que era un marido fiel, estuviera pensando en seducir a alguna otra.

Últimamente Blanca se sentía asustada. Era dócil y mansa por naturaleza, pero no era tonta, y le aterrorizaba la idea de que Enrique la repudiara por no haber concebido un hijo, y de verse obligada a volver a la corte de su padre, en Aragón.

-Enrique -exclamó impulsivamente-, cuando seáis rey, será muy necesario que tengamos un hijo.

-Sí -respondió él, con una sonrisa pesarosa.

-¡Hemos sido tan poco afortunados! Tal vez... -Blanca titubeó. No se sentía capaz de decir: Tal vez si pasarais menos tiempo con vuestras amantes tendríamos más éxito. Ya había empezado a preguntarse si Enrique era capaz de engendrar un hijo. Algunos decían que ese podía ser el resultado de una vida de desenfreno. Blanca apenas si podía imaginar vagamente lo que sucedía durante las orgías a que se entregaba su marido. ¿Sería posible que la vida que había llevado lo hubiera dejado estéril?



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