
-Esposa mía -respondió Enrique con tono ligero-, muy feliz me hace que sintáis así.
Pero lo decía sin mirarla. No era hombre a quien le agradara mostrarse cruel; es más, se esforzaba en lo posible por evitar todo aquello que pudiera resultar desagradable, y por eso se le hacía difícil, en ese momento, enfrentarse con su mujer.
Pese a sus esfuerzos por aparentar calma, Blanca estaba temblando, al preguntarse qué sería de ella si hubiera de volver a la corte de su padre, caída en desgracia, humillada... en condición de esposa repudiada. Carlos, el más bondadoso de los hombres, se mostraría bondadoso con ella. Leonor no estaría en la corte, ya que desde su matrimonio con Gastón de Foix residía en Francia. En su padre no podría encontrar un amigo, ya que todo su afecto estaba volcado en la brillante y atractiva Juana Enríquez, madre del joven Fernando,
Carlos había heredado de su madre el reino de Navarra, y, en caso de que Carlos muriera sin dejar descendencia, Navarra sería herencia de la propia Blanca, ya que su madre -viuda de Martín, rey de Sicilia, e hija de Carlos III de Navarra- había dejado este reino a sus hijos, excluyendo de la línea sucesoria a su marido.
Sin embargo, había estipulado en su testamento que, al gobernar el reino, Carlos debía hacerlo contando con la buena voluntad y aprobación de su padre.
Al asumir su herencia, y dado que su padre no se había mostrado dispuesto a dejar el título de rey de Navarra, Carlos había accedido a que lo conservara, pero insistiendo en sus derechos al gobierno de Navarra, que ejercía personalmente en calidad de gobernador.
De tal manera, en ese momento Blanca era la heredera de
Carlos, y si éste moría sin haber tenido hijos, el derecho al gobierno y a la corona de Navarra le pertenecerían.
Tal vez fuera una tontería dejar que esas fantasías la acosaran, pero Blanca sentía la premonición de que algo terrible le sucedería si se viera alguna vez obligada a regresar a Aragón.
