
Su lenguaje corporal indicaba frustración. Yo no estaba dando los saltos en mi razonamiento que ella esperaba.
– Déjeme recapitular -dijo ella-. Una semana después del funeral, antes de que yo supiera nada de esto, empecé a tratar de que las cosas volvieran a la normalidad. Vacié el botiquín donde Terry guardaba todas las medicinas. Verá, las medicinas son muy, muy caras. No quería que se echaran a perder. Hay gente que apenas puede costeárselas; nosotros mismos apenas podíamos costeárnoslas. El seguro de Terry se había agotado y necesitábamos MediCal y Medicaid sólo para pagar su medicación.
– ¿Así que donó las medicinas?
– Sí, es una tradición con los trasplantes. Cuando alguien… -Bajó la mirada a sus manos.
– Entiendo -dije-. Lo devolvió todo.
– Sí, para ayudar a otros. Todo es muy caro. Y Terry tenía reservas para al menos nueve semanas. Valdría miles de dólares para alguien.
– Entendido.
– Así que llevé los medicamentos al hospital. Me dieron las gracias y pensé que eso era todo. Tengo dos hijos, señor Bosch. Por duro que fuera, tenía que seguir adelante, por ellos.
Pensé en la hija. Nunca la había visto, pero Terry me había hablado de ella. Me había dicho su nombre. Me pregunté si Graciela conocía la historia.
– ¿Le contó esto al doctor Hansen? -pregunté-. Si alguien los había manipulado tenía que avisarles de que…
Ella negó con la cabeza.
– Hubo un protocolo de integridad. Todos los envases fueron examinados. Los sellos de los frascos se comprobaron, las fechas de caducidad se verificaron, se cotejaron muchos números, etcétera. No surgió nada. No se había manipulado nada. Al menos nada de lo que yo les di.
– ¿Entonces qué?
Graciela se acercó aún más al borde del sofá. Ahora iría al grano.
– En el barco… No había donado los envases abiertos porque no iban a aceptarlos por protocolo hospitalario.
