
– Ah, es el hombre con el que trabajaba Terry en el negocio de las excursiones. Su compañero.
– Sí. Recuerdo.
Asentí y traté de retrazar la historia en busca de la razón por la que Graciela McCaleb había acudido a verme.
– ¿Qué encontraron en la muestra de sangre de la autopsia? -pregunté.
Ella negó con la cabeza.
– Se trata de lo que no encontraron.
– ¿Qué?
– Ha de recordar que Terry tomaba una tonelada de fármacos. Cada día, pastilla tras pastilla, líquido tras líquido. Lo mantenía vivo, bueno… hasta el final. Así que el análisis de sangre tenía como una página y media de largo.
– ¿Se lo mandaron a usted?
– No, lo recibió el doctor Hansen. Me habló de él. Y me llamó porque había cosas que faltaban en el análisis que deberían haber estado presentes, pero que no estaban. CellCept y Prograf. No estaban en su sangre cuando murió.
– Y son importantes.
Ella asintió.
– Exactamente. Tomaba siete cápsulas de Prograf cada día. CellCept, dos veces al día. Eran sus medicamentos clave. Mantenían su corazón a salvo.
– ¿Y sin ellos moriría?
– No sobreviviría más de tres o cuatro días. El fallo cardiaco congestivo sobrevendría rápidamente. Y eso es exactamente lo que ocurrió.
– ¿Por qué dejó de tomarlas?
– No dejó de tomarlas y por eso le necesito. Alguien manipuló sus medicamentos y lo mató.
Pasé otra vez por el tamiz toda la información que ella me había dado.
– En primer lugar, ¿cómo sabe que él se estaba tomando su medicina?
– Porque lo vi, y también lo vio Buddy, e incluso en la salida de pesca, el hombre con el que estaban en su último crucero dijo que lo vio tomar sus medicinas. Yo se lo pregunté a ellos. Mire, ya le he dicho que soy enfermera. Si no se hubiera estado tomando sus medicinas, yo lo habría notado.
– De acuerdo, o sea que está diciendo que se estaba tomando sus píldoras, pero que en realidad no eran sus píldoras. Alguien las manipuló. ¿Qué le hace pensar eso?
