
– Bueno, Otto quería ir a Cabo, y San Diego estaba a mitad de camino en el trayecto de vuelta. Siempre nos lo tomamos con calma a la vuelta.
– ¿Qué pasó con Otto en Cabo?
– Ya se lo he dicho, tenía algo aparte allí. Las dos noches se puso guapo y se fue a la ciudad. Creo que iba a encontrarse con una señorita. Había hecho algunas llamadas desde el móvil. -¿Está casado?
– Por lo que yo sé. Creo que por eso le gustaban las excursiones de cuatro días. Su mujer pensaba que estaba pescando. Ella probablemente no sepa que parábamos en Cabo por Margarita, y no me refiero al cóctel.
– Y Terry, ¿él también fue a la ciudad?
Respondió sin dudarlo.
– No, Terry no tenía nada en ese sentido, y nunca abandonaría el barco. Ni siquiera puso el pie en el muelle.
– ¿En qué sentido?
– No lo sé. Solamente dijo que no necesitaba hacerlo. Creo que era supersticioso.
– ¿Cómo es eso?
– Bueno, el capitán no abandona el barco, ese tipo de cosas.
– ¿Y usted?
– La mayor parte del tiempo me quedaba con Terry en el barco. De cuando en cuando iba a uno de los bares de la ciudad y eso.
– ¿Y en ese último viaje?
– No, me quedé en el barco. Iba un poco corto de pasta.
– ¿Así que en ese último viaje Terry nunca salió del barco?
– Exacto.
– Y nadie más que usted y Otto estuvo nunca en el barco, ¿verdad?
– Sí…, bueno, no exactamente.
– ¿A qué se refiere? ¿Quién estuvo en el barco?
– La segunda noche que fuimos a Cabo nos pararon los federales, la Guardia Costera mexicana. Dos tipos subieron a bordo y miraron durante unos minutos.
– ¿Por qué?
– Es una especie de rutina. De cuando en cuando te paran, tú pagas una pequeña tarifa y te dejan ir. -¿Un soborno?
– Un soborno, una mordida, como quiera llamarlo.
– Y eso ocurrió esta vez.
– Sí, Terry les dio cincuenta pavos cuando estaban en el salón y se fueron. Fue bastante rápido.
