
– ¿Registraron el barco? ¿Miraron los medicamentos de Terry?
– No, no llegaron a tanto. Para eso es el soborno, para ahorrarte todo eso.
Me di cuenta de que había dejado de tomar notas. Mucha información era nueva y merecía la pena seguir explorándola, pero sentí que ya había tenido suficiente por el momento. Digeriría lo que poseía y volvería a la carga. Tenía la sensación de que Buddy Lockridge me daría todo lo que necesitara, siempre y cuando lo hiciera sentirse parte de la investigación. Le pregunté los nombres exactos y las localizaciones de los puertos en los que habían amarrado por las noches en el viaje con Otto y anoté esta información en mi libreta. Después reconfirmé nuestra cita en el barco de McCaleb para el día siguiente. Le dije que iba a tomar el primer ferry y comentó que él tomaría el mismo. Lo dejé allí porque dijo que quería volver a entrar en la tienda de náutica para comprar algunos suministros.
Cuando tiramos las tazas de café de plástico en la papelera, me deseó buena suerte con la investigación.
– No sé qué es lo que va a encontrar. No sé si hay algo que encontrar, pero si a Terry lo ayudaron con esto, quiero que encuentre al que lo hizo. ¿Sabe a qué me refiero?
– Sí, Buddy, creo que sé a qué se refiere. Hasta mañana.
– Allí estaré.
5
Esa noche, por teléfono desde Las Vegas, mi hija me pidió que le contara un cuento. Sólo tenía cinco años y siempre quería que le cantara o que le explicara un cuento. Yo conocía más historias que canciones. Maddie tenía un gato negro y desaliñado al que llamaba Sin Nombre y le gustaba que me inventara historias en las que se corriera un gran peligro y se demostrara mucho valor y que terminaran con Sin Nombre resolviendo el misterio o encontrando al animal doméstico perdido o al niño extraviado o dándole una lección a un hombre malo.
Le conté una historia rápida en la que Sin Nombre encontraba a un gato perdido llamado Cielo Azul. Le gustó y me pidió que le contara otra, pero le dije que era tarde y que tenía que colgar. Después, sin que viniera a cuento, me preguntó si el Rey de la Selva y la Reina de los Mares estaban casados. Yo sonreí y me maravillé por la forma en que trabajaba su mente. Le dije que estaban casados y me preguntó si eran felices.
