Uno puede trastornarse y separarse del mundo. Uno puede creer que es un outsider permanente. Pero la inocencia de un niño te devuelve a la realidad y te da el escudo de alegría con el cual protegerte. He aprendido esto tarde, pero no demasiado tarde. Nunca es demasiado tarde. Me duele pensar en las cosas que ella aprenderá del mundo. Lo único que sabía era que no quería enseñarle nada. Me sentía contaminado por los caminos que había tomado en la vida y por las cosas que sabía. No quería transmitirle nada de eso, sólo quería que ella me enseñara.

Así que le dije que sí, que el Rey de la Selva y la Reina de los Mares eran felices y que disfrutaban de una maravillosa vida juntos. No quería dejarla sin sus historias y sus cuentos de hadas mientras todavía pudiera creerlos. Porque sabía que muy pronto se quedaría sin ellos.

Al decirle buenas noches a mi hija por teléfono me sentí solitario y fuera de lugar. Acababa de pasar dos semanas allí y Maddie se había acostumbrado a verme y yo me había acostumbrado a verla a ella. La había ido a recoger a la escuela, la veía nadar, le preparé la cena varias veces en el pequeño apartamento amueblado que había alquilado cerca del aeropuerto. Por la noche, cuando su madre jugaba al póquer en los casinos, yo la llevaba a casa y la acostaba, dejándola al cuidado de la niñera que vivía con ellas.

Yo era una novedad en su vida. Durante sus primeros cuatro años nunca había oído hablar de mí, ni yo de ella. Ahí residía la belleza y la dificultad de nuestra relación. A mí me sorprendió mi paternidad repentina.



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