
Eleanor Wish me había ocultado el secreto definitivo: una hija. El día que finalmente me presentó a Maddie, pensé que todo estaba bien en el mundo. Al menos en mi mundo. Vi la salvación en los ojos oscuros de mi hija, mis propios ojos. Lo que no vi ese día fueron las fisuras. Las grietas debajo de la superficie. Y eran profundas. El día más feliz de mi vida iba a conducir a algunos de los más desagradables. Días en los que no podía olvidar el secreto y lo que me había sido vedado durante tantos años. Si bien en un momento pensé que tenía todo lo que podía desear en mi vida, pronto aprendí que era un hombre demasiado débil para mantenerlo, para aceptar la traición oculta en ello a cambio de lo que me había sido dado.
Otros, mejores personas, podrían hacerlo. Pero yo no. Abandoné la casa de Eleanor y Maddie. Mi hogar en Las Vegas es un apartamento amueblado de una habitación al que sólo un aparcamiento separa de los hangares donde jugadores millonarios y multimillonarios aparcan sus jets privados y se dirigen a los casinos en rumorosas limusinas. Tengo un pie en Las Vegas y el otro permanece en Los Ángeles, un lugar que sé que nunca podré abandonar de manera permanente mientras esté vivo.
Después de decirme buenas noches, mi hija le pasó el teléfono a su madre, porque era una de esas raras noches en que ella estaba en casa. Nuestra relación era más tensa de lo que lo había sido nunca. Estábamos enfrentados por nuestra hija. Yo no quería que se educara con una madre que trabajaba en los casinos por las noches. No quería que cenara en Burger King. Y no quería que aprendiera la vida en una ciudad que llevaba sus pecados como estandarte.
