
Pero no estaba en posición de cambiar las cosas. Sabía que corría el riesgo de parecer ridículo, porque vivo en un lugar donde el crimen y el caos siempre acechan, y donde el veneno literalmente está suspendido en el aire, pero no me seduce la idea de que mi hija crezca donde está. Lo veo como la sutil diferencia entre la esperanza y el deseo. Los Ángeles es una ciudad que funciona en la esperanza, y todavía hay algo puro en ello. Te ayuda a ver a través del aire sucio. Las Vegas es diferente. Para mí opera sobre el deseo, y en esa senda está el desengaño definitivo. No es eso lo que quiero para mi hija. Ni siquiera quiero eso para su madre. Estoy dispuesto a esperar, pero no demasiado. A medida que paso tiempo con mi hija y la conozco mejor y la quiero más, mi buena voluntad se deshilacha como un puente de cuerda que atraviesa un profundo abismo.
Cuando Maddie le pasó el teléfono a su madre ninguno de los dos tenía mucho que decir, así que no lo hicimos. Yo sólo dije que iría a ver a Maddie en cuanto pudiera y colgamos. Al soltar el teléfono, sentí un dolor interior al que no estaba acostumbrado. No era el dolor de la soledad o el vacío. Conocía esos dolores y había aprendido a convivir con ellos. Era el dolor que acompaña al miedo por lo que el futuro depara para alguien tan preciado, alguien por quien darías tu propia vida sin pensarlo dos veces.
6
El primer ferry me llevó a Catalina a las nueve y media de la mañana siguiente. Había llamado a Graciela McCaleb desde el móvil mientras estaba cruzando, así que ella me estaba esperando en el muelle. Era un día frío y despejado, y se podía saborear la diferencia en el aire sin contaminar. Graciela me sonrió cuando yo me aproximé a la verja donde la gente esperaba a los viajeros de los barcos.
