
– Buenos días. Gracias por venir.
– No hay de qué. Gracias por venir a recibirme.
Medio había esperado que Buddy Lockridge estuviera con ella. No lo había visto en el transbordador y había supuesto que tal vez había tomado el de la noche anterior.
– ¿Todavía no ha llegado Buddy?
– No, ¿va a venir?
– Quería revisar con él las cosas del barco. Dijo que estaría en el primer ferry, pero no apareció.
– Bueno, hay dos. El siguiente llegará dentro de cuarenta y cinco minutos. Probablemente irá en ése. ¿Qué quiere hacer primero?
– Quiero ir al barco, empezaré por ahí.
Caminamos hasta el muelle de las embarcaciones pequeñas y tomamos una Zodiac con un motor de un caballo hasta la dársena donde estaban los yates alineados en filas, amarrados a boyas y moviéndose con la corriente de manera sincronizada. El barco de Terry, el Following Sea, era el penúltimo de la segunda fila. Tuve una sensación ominosa al aproximarnos, y ésta se incrementó al golpear en el casco por la popa. Terry había muerto en ese barco. Mi amigo y marido de Graciela. Para mí era un truco del oficio fabricarme una conexión emocional con el caso. Me ayudaba a atizar el fuego y me daba el impulso necesario para ir a donde necesitaba ir, y hacer lo que tenía que hacer. Sabía que en este caso no tendría que buscarlo. No tenía que fabricarme nada. Ya era parte del trato. La parte más importante.
Miré el nombre del barco pintado en letras negras en la popa, y recordé que Terry me había explicado en una ocasión que se refería a la ola que tenías que vigilar, la que te llegaba por tu punto ciego y te golpeaba por detrás. Una buena filosofía. No pude evitar preguntarme por qué Terry no había visto qué ni quién le venía por detrás.
Con precario equilibrio, bajé de la embarcación hinchable y subí al espejo de popa del barco. Me volví para buscar la soga con la que atarlo, pero Graciela me detuvo.
