– Yo no voy a subir a bordo -dijo.

Sacudió la cabeza como para desalentar cualquier intento de coerción por mi parte y me pasó un juego de llaves. Yo las cogí.

– No quiero subir -repitió-. Con la vez que fui a recoger sus medicamentos tuve bastante.

– Entiendo.

– Así la Zodiac estará en el muelle para Buddy si aparece.

– ¿Si aparece?

– No siempre es tan cumplidor. Al menos es lo que decía Terry.

– Y si no aparece, ¿qué hago yo?

– Ah, pare un taxi acuático. Pasan cada quince minutos. No tendrá problema. Cóbremelo. Lo que me recuerda que no hemos hablado de dinero.

Era algo que Graciela tenía que sacar a relucir para asegurarse, pero tanto ella como yo sabíamos que ese trabajo no era por dinero.

– No será necesario -dije-. Sólo hay una cosa que quiero a cambio de esto.

– ¿Qué?

– Terry me habló una vez de su hija. Me dijo que la llamaron Cielo Azul.

– Exacto. El eligió el nombre. -¿Le dijo alguna vez por qué?

– Dijo que le gustaba. Me explicó que una vez conoció a una niña llamada Cielo Azul.

Asentí.

– Lo que quiero como pago por hacer esto es verla algún día, me refiero a cuando todo esto haya terminado.

Graciela reflexionó un momento, pero enseguida dijo que sí con la cabeza.

– Es un encanto. Le gustará.

– Estoy seguro.

– ¿Harry, usted la conocía? ¿A la chica por la que Terry le puso el nombre a nuestra hija?

Yo la miré y bajé la cabeza.

– Sí, podría decirse que la conocía. Algún día, si quiere, le hablaré de ella.

Graciela asintió de nuevo y empezó a empujar la Zodiac para apartarse de la popa. Yo la ayudé con los pies.

– La llave pequeña abre la puerta del salón -dijo-. El resto ya se lo imaginará. Espero que encuentre algo que ayude.

Sostuve las llaves en alto como si fueran a abrir todas las puertas que pudiera hallar en adelante. Observé que ella se dirigía de nuevo al muelle y subí al puente de mando.



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