Alguna clase de sentido del deber me hizo trepar por la escalera que conducía al timón de la cubierta superior antes de entrar en el barco. Tiré de la lona para destapar el panel de mandos y me quedé por un momento de pie junto al timón y el asiento. Me representé la historia que Buddy Lockridge me había explicado de Terry desplomándose ahí. De algún modo parecía apropiado para él desplomarse al timón, aunque con lo que ahora sabía, también parecía muy equivocado. Puse la mano encima de la silla como si me apoyara en el hombro de alguien. Decidí que encontraría las respuestas a todas las preguntas antes de darme por vencido.

La pequeña llave cromada del llavero que Graciela me había dado abría la puerta corredera de espejo que conducía al interior del barco. La dejé abierta para airear el ambiente. Dentro había un olor salobre y peculiar. Lo rastreé hasta las cañas y los carretes almacenados en estanterías de techo, con los cebos artificiales todavía colocados. Supuse que no los habían limpiado y cuidado apropiadamente después de la última salida de pesca. No había habido tiempo. No había habido motivo.

Quería bajar por la escalera al camarote de proa donde sabía que Terry guardaba todos los archivos de sus investigaciones, pero decidí dejarlo para el final. Resolví empezar en el salón e ir bajando.

El salón tenía una distribución funcional, con un sofá, una silla y una mesita de café en el lado derecho antes de llegar a una mesa de navegación instalada detrás del asiento del timón interior. El lado opuesto era como el reservado de un restaurante, con acolchado de piel roja. Había una televisión encerrada en una partición que separaba el salón de la cocina y, por último, una escalera corta que sabía que conducía a los camarotes de proa de abajo y a un lavabo.



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