El salón estaba ordenado y limpio. Me quedé de pie en medio de la estancia y me limité a observarla durante medio minuto antes de acercarme a la mesa de navegación y abrir los cajones. McCaleb guardaba allí los archivos de su pequeño negocio. Encontré listados de clientes y un calendario con reservas. También había registros relacionados con comprobantes de tarjetas Visa y MasterCard que evidentemente aceptaba como forma de pago. La sociedad tenía una cuenta bancaria y en el cajón había asimismo un talonario de cheques. Comprobé los resguardos y vi que prácticamente lo mismo que entraba salía para cubrir los gastos de combustible y amarre, así como artículos de pesca y otros necesarios para las excursiones. No había registro de depósitos en efectivo, con lo cual concluí que si el negocio era rentable lo era por los pagos en efectivo de clientes, y siempre dependiendo de cuántos de ellos hubiera.

En el cajón de abajo había una carpeta de cheques impagados. No eran muchos y estaban repartidos en el tiempo; ninguno era tan cuantioso como para dañar seriamente el negocio.

Me fijé en que tanto en el talonario de cheques como en la mayoría de los registros aparecían los nombres de Buddy Lockridge y Graciela como operadores del negocio de las salidas de pesca. Sabía que era porque, como me había contado Graciela, Terry estaba severamente limitado en lo que podía ganar como ingreso oficial. Si superaba determinada cifra-que era sorprendentemente baja- no podía recibir la asistencia médica estatal y federal. Si perdía eso, terminaría costeándose él mismo los gastos médicos: una vía rápida a la bancarrota personal para el receptor de un trasplante.

En la carpeta de cheques impagados también encontré copia de una denuncia al sheriff que no estaba relacionada con un cheque sin fondos. Era un informe de un incidente de hacía dos meses referido a un presunto robo en el Following Sea. El demandante era Buddy Lockridge y el informe indicaba que sólo se habían llevado del barco una cosa, un lector manual de GPS. Su valor se establecía en 300 dólares y el modelo era un Gulliver 100. Una adenda informaba de que el demandante no podía proporcionar el número de serie del dispositivo faltante, porque lo había ganado en una partida de póquer a una persona a la que no podía identificar y nunca se había preocupado por anotar el número de serie.



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