
Después de llevar a cabo una rápida inspección de los cajones de la mesa de navegación, volví a los archivos de clientes y empecé a repasarlos de manera más concienzuda, estudiando cuidadosamente cada persona que McCaleb y Lockridge habían subido a bordo en las seis semanas anteriores a la muerte de Terry. Ninguno de los nombres me llamó la atención por resultarme curioso o sospechoso, y no había anotaciones de Terry ni de Buddy que suscitaran ninguna de estas sensaciones. Aun así, saqué una libreta del bolsillo de atrás de mis vaqueros y elaboré una lista en la que constaba el nombre del cliente, el número de participantes en la excursión y la fecha de ésta. Una vez elaborada la lista advertí que las excursiones no eran en modo alguno regulares. Tres o cuatro excursiones de medio día representaban una buena semana para el negocio. Hubo una semana en la que no hubo ninguna salida y otra en la que sólo hubo una. Estaba empezando a entender la opinión de Buddy de la necesidad de trasladar el negocio al continente para incrementar la frecuencia y la duración de los cruceros. McCaleb cuidaba del negocio como un hobby, y ésa no era la manera de hacerlo prosperar.
Por supuesto, sabía por qué lo hacía de esta forma. Tenía otro hobby -si se lo puede llamar así- y necesitaba consagrarle tiempo. Estaba volviendo a poner los documentos en el cajón de la mesa de navegación, con la intención de dirigirme a la proa a explorar el otro hobby de Terry cuando oí que la puerta del salón se abría detrás de mí.
Era Buddy Lockridge. Había subido a bordo sin que yo oyera el pequeño motor de la Zodiac o sintiera su empujón contra el casco de la embarcación. Tampoco había notado el considerable peso de Buddy al subir al barco.
