Comprobé los paneles del pasillo donde recordaba que dos de los disparos de McCaleb habían astillado la madera. La superficie tenía una gruesa capa de barniz, pero no me cabía duda de que era madera nueva.

Los estantes del cuarto trastero estaban vacíos y el lavabo, limpio, con la ventilación del techo abierta a la cubierta superior. Abrí la puerta del camarote principal y miré en su interior, pero decidí dejarlo para después. Me acerqué a la puerta del camarote de proa y tuve que usar una llave de las que me había proporcionado Graciela para abrir.

La estancia era como yo la recordaba. Dos pares de literas en V en cada lado, siguiendo la forma de la proa. Las literas de la izquierda, con sus finos colchones enrollados y sostenidos por pulpos, todavía se utilizaban para dormir en ellas. En cambio, en la derecha, la cama inferior no tenía colchón y había sido convertida en escritorio. En la superior había cuatro grandes archivos de cartón, uno al lado del otro.

Los casos de McCaleb. Los miré prolongada y solemnemente. Si alguien lo había matado, creía que encontraría al sospechoso allí.

– Puede pasar hoy en cualquier momento.

Casi salté. Era Lockridge que estaba de pie detrás de mí. Una vez más no lo había oído ni había notado que se aproximara.

El estaba sonriendo porque le gustaba acercarse a mí sigilosamente, como una serpiente.

– Bueno -dije-, podemos pasarnos después de comer. Para entonces necesitaré tomarme un descanso.

Miré el escritorio y vi el portátil blanco con la reconocible silueta de una manzana con un trozo mordido. Me agaché y lo abrí, aunque no sabía cómo proceder.

– La última vez que estuve aquí tenía otro.

– Sí -dijo Lockridge-. Se compró éste por los gráficos. Estaba empezando a interesarse en fotografía digital y eso.

Sin mi invitación ni aprobación, Lockridge se acercó y pulsó un botón blanco del ordenador. Este empezó a zumbar y la pantalla negra se llenó de luz.



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