– El vino una semana después. Salió el diecinueve de febrero.

– ¿Y cuál es la fecha de la denuncia al sheriff del robo en el barco?

– Mierda, he de volver a subir.

Se fue y yo oí que subía los escalones. Cogí la primera foto de la impresora y la puse en el escritorio. Era la imagen de Jordán Shandy ocultando el rostro con gafas de sol con el pez sierra. Lo miré hasta que Lockridge entró en la sala. Esta vez no trató de hacerlo a hurtadillas.

– Hicimos la denuncia el veintidós de febrero.

Asentí con la cabeza. Cinco semanas antes de la muerte de McCaleb. Anoté las fechas a las que nos habíamos referido en mi libreta. No estaba seguro del significado de nada de ello.

– Perfecto -dije-. ¿Quiere hacer otra cosa más por mí ahora, Buddy?

– Claro. ¿Qué?

– Vaya a cubierta, baje esas cañas del estante y lávelas. No creo que lo hiciera nadie después del último crucero. Están haciendo que este lugar huela agrio y creo que voy a quedarme un par de días por aquí. Me ayudaría mucho.

– Quiere que suba y lave las cañas.

Lo dijo como una afirmación, una muestra de que se sentía insultado y decepcionado. Yo levanté la mirada de la foto para observar su rostro.

– Sí, eso es. Me ayudaría mucho. Acabaré con las fotos y después podemos ir a visitar a Otto Woodall. -Como quiera.

Salió del camarote desencantado y oí que subía pesadamente los escalones, tan ruidoso como antes había sido silencioso. Coloqué la segunda foto de la impresora junto a la primera. Cogí un rotulador negro de una taza de café del escritorio y anoté en el borde blanco de debajo de la foto el nombre de Jordán Shandy.

De regreso en el taburete centré otra vez mi atención en el ordenador y en la foto de Graciela y su hija. Hice clic en la flecha de avance y apareció la siguiente foto. De nuevo era una foto en el interior de un centro comercial. Esta había sido tomada desde más lejos y tenía mucho grano. En esta imagen había un niño detrás de Graciela. El hijo, concluí, el hijo adoptado.



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