
Esa relación se tornó más extraña y más alarmante cuando la impresora escupió por fin una de las fotos que había elegido de la secuencia del centro comercial. En la imagen, la familia pasaba caminando por delante de la librería Barnes & Noble. La foto se había sacado desde el otro lado del centro comercial, pero el ángulo era casi perpendicular al escaparate. El escaparate principal de la librería captó un tenue reflejo del fotógrafo. No lo había visto en la pantalla del ordenador, pero allí estaba en el papel.
La imagen del fotógrafo era demasiado pequeña y demasiado tenue contra el expositor del interior: una foto de tamaño real de un hombre vestido con un kilt. El cartel estaba rodeado de pilas de libros y al lado había un letrero que decía: «Ian Rankin aquí esta noche.» Me di cuenta entonces de que podía usar el expositor para determinar el día exacto en que se habían tomado las fotos de Graciela y sus hijos. Lo único que tenía que hacer era llamar a la librería y descubrir cuándo había estado allí Ian Rankin. En cambio, el expositor también contribuyó a ocultarme el fotógrafo.
Volví al ordenador, localicé la foto entre las miniaturas y la amplié. La miré, dándome cuenta de que no sabía qué hacer.
Buddy estaba en cubierta, rociando las ocho cañas y carretes apoyados contra la popa con una manguera conectada a un grifo de la borda. Le dije que cerrara el grifo y bajara al despacho. El obedeció sin decir palabra. Cuando estuvimos de nuevo en el camarote le hice una señal para que se sentara en el taburete. Me incliné por encima de él y destaqué la zona del reflejo del fotógrafo en la pantalla.
– ¿Puede ampliarse esto? Quiero ver mejor esta zona.
– Puedo ampliarlo, pero perderá definición. Es digital, ¿sabe? Hay lo que hay.
