Por los dioses, su pene estaba tan duro que dolía terriblemente.

En busca de una distracción echó un vistazo al estrecho túnel de piedra en el que estaban. Habían estado en Simgen durante una semana, pero a Sam solo le había llevado un día encontrar esta cueva.

Ellos eran los primeros visitantes que este lugar había visto en mucho tiempo, y Rick solo podía admirar su habilidad en llegar más lejos que cualquier otro cazador de tesoros en tan poco tiempo.

Ella le había explicado minuciosamente el proceso que había conducido a este descubrimiento, sacando libros, mapas, la llave que él había ganado y notas garabateadas por ella y publicadas por otros. A él le encantaba que quisiera compartir su mente con él, así como su cuerpo exuberante. Por ello había hecho todo lo posible por prestar atención a lo que estaba diciendo, pero entonces ella se había inclinado sobre la mesa y su trasero se había balanceado de un lado a otro mientras ella alcanzaba elementos para explicar su razonamiento.

Incapaz de contenerse él había abierto su bata, la había alzado y había hundido su pene en ella.

Incluso ahora, el recuerdo de ella tumbada entre sus herramientas de investigación, gritando mientras la tomaba, estaba volviéndole loco.

– ¡Maldición, Rick! -se quejó ella- No puedo ver nada.

Abandonó la lucha, se puso de rodillas y dejó la linterna en el suelo. La asió por la cintura y la arrastró encima de él.

– ¡Oh, Sam! -gruñó él mientras sus curvas se acomodaban en su cuerpo- Te quiero.

– Estás loco.

– Por ti, sí.

Ella se rió y le besó en la boca.

– Nunca hacemos nada.

Él rodó poniéndose sobre ella, y tosió por el polvo que se levantó alrededor de ellos.

– Hemos hecho muchas cosas.

– Sí, bueno, pero no mucho que tenga que ver con el tesoro.

Introdujo la mano entre sus piernas y acarició su sexo por encima de su traje.

– ¿Te importa? -murmuró él y bajó los párpados cuando ella jadeó bajo él.



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