– No si a ti tampoco. ¿Quieres… quieres que volvamos a la nave?

– Ahora no puedo andar.

– ¿Vas a joderme aquí mismo? -preguntó ella jadeantemente y con los ojos dilatados.

Por los dioses, le volvía loco cuando ella hablaba así. Ese exterior de bibliotecaria tímida ocultaba una maniaca sexual. Y la forma en que olía…

– Sí, aquí mismo. Ahora mismo. -No podía esperar. Casi desesperado por estar dentro de ella, agarró el broche de su traje y lo arrastró hacia abajo. En el proceso golpeó el libro que ella había estado usando para traducir. Como siempre, el recordatorio de lo inteligente que era puso su pene incluso más duro.

Además de su fascinación con su figura apreciaba su mente. Como quería conocerla, Rick trataba de no arrastrarla a la cama más de una vez cada dos horas. Sin embargo, Sam no podía pasar tanto tiempo sin sus manos sobre ella. Ella lo había seguido un par de veces y había bromeado para que la tomara. Era casi como si temiera que él perdiera el interés si no estaba follándola constantemente. El hecho era que a veces lamentaba el no estar un poco menos interesado. No podía dejar de pensar en ella.

Bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso profundo y penetrante. Su suave gemido y su abrazo acogedor le hicieron estremecerse. Ella siempre estaba lista para él, siempre acogedora.

– ¿Sam?

Rick alzó la cabeza ante la voz extraña y frunció el ceño.

– ¿Quién demonios es ese?

– ¿Sam? ¿Estás aquí?

Ella se le quedó mirando mientras parpadeaba.

– Parece Curt.

– ¿Quién cojones es Curt?

– Es profesor en la Universidad Jaciana.

– ¡Oh! -Ligeramente apaciguado por el título de «profesor», que significaba viejo y aburrido, Rick se retiró con un gemido frustrado.

– ¿Qué está haciendo en nuestra cueva?

– No tengo ni idea -dijo ella empujándole de los hombros-. Pero probablemente deberías retirarte de mí.



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