– ¿Le importaría decirme cómo nos encontró?

– Los expertos en antigüedades literarias formamos un grupo muy pequeño -dijo Curt con suficiencia-. Las voces se corren rápido en nuestra comunidad.

– Lo que está tratando de decir es que ha estado espiándome -corrigió Sam secamente.

– Sé amable, Sam -la regañó Curt-. Déjame enviarte por correo electrónico una pequeña muestra del texto recuperado, lo justo para que veas que no trato de engañarte. Si terminas por querer lo que yo tengo, sabes dónde encontrarme.

– De acuerdo -suspiró ella-. Le echaré un vistazo. Pero no te prometo nada. Esto no constituye ningún acuerdo.

Asintiendo con satisfacción el profesor les dejó.

– Por favor, dime que no te lo tiraste -murmuró Rick mientras la estudiaba.

Sam se sonrojó hasta la raíz del pelo.

– Tienes que estar tomándome el pelo. -¿Qué vio ella en un tipo como ese? Entonces el estómago le dio un vuelco. ¿Todavía te gusta divertirte un poco en el trabajo, eh, Sam? Ella había escrito esos papeles sobre cómo los orgasmos aumentaban la agudeza mental. ¿Era eso todo lo que él significaba para ella? ¿Una recarga para su cerebro?

– No me mires de esa forma. -Ella cruzó los brazos-. Tú tampoco eras virgen cuando te encontré.

– Sí, bueno, al menos yo no uso a la gente para ampliar mi investigación.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Significa que mi polla no es una batería para tu cerebro.

Sam dio un paso atrás, con los ojos dilatados y llenos de confusión.

La mandíbula de él se apretó.

– Niégalo.

– No sé qué mosca te ha picado.

– Yo sé qué mosca te ha picado a ti -dijo él lascivamente-, ¿pero quizá una polla es tan buena como otra para la agudeza mental?

– Que te jodan. -Ella giró sobre sus talones y se alejó.


* * *

Sam intentó no llorar mientras preparaba su equipaje, pero era una batalla perdida. Cada vez que recogía un libro, la imagen de la estantería de los libros históricos hacía que le doliera la garganta.



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