Recordó estar sentada en el regazo de Rick, con su cabeza descansando en el hombro de él mientras escuchaba las explicaciones de su amor por tales cosas.

– Me gustan los consuelos táctiles -había dicho él-. La sensación de la seda y el terciopelo, los satenes y el encaje. Me gusta el calor de la madera y el brillo de la luz de la vela. El metal es demasiado frío y estéril para mis gustos. -Él había besado su frente y había susurrado-: Me gusta especialmente la sensación de tu piel. Es mi consuelo favorito en este momento.

Su corazón se había derretido. Para ser un tipo tan grande y duro, podía ser notablemente dulce y sensible.

Y un imbécil.

Ella se sorbió la nariz y tomó otro volumen. No había pasado ni una sola noche en esta habitación. Cada noche había dormido con Rick -cálida y contenta en sus brazos.

– ¿Te vas? -preguntó él desde el umbral, e hizo que diera un bote por la sorpresa. Ella no se giró.

– Dejé algunos papeles para ti en la biblioteca. Te dirán todo lo que necesitas saber. Si tienes algún problema, hay bastantes expertos que pueden echarte una mano.

Él se quedó quieto durante un largo momento contemplándola.

– ¿Cómo te vas a casa? -preguntó él controladamente- ¿Con el profesor?

– No. -Ella metió bruscamente el libro en la bolsa-. Le dije que usara sus propios codos. De cualquier modo, esa fue siempre mi intención. Simplemente sentía curiosidad por lo que tenía o se lo habría escupido en la cueva.

– ¿Y te vas a ir sin más? ¿Qué hay de los libros electrónicos?

El hecho de que los libros electrónicos fueran en realidad la única razón de que hubieran estado juntos hizo que se le cerrara la garganta.

– Puedes enviarme mi parte. Ahora solo vete, Rick. No digas nada que me haga lamentar lo que ha pasado entre nosotros, ¿vale? Solo déjalo estar.



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