Debajo de la roca había un interruptor, que abría una pequeña puerta en un lado de la montaña. Rick abrió el camino, con la pistola de rayos preparada, pero todo lo que encontraron dentro fue un ascensor.

– ¿Confías en esa cosa? -preguntó él observándolo escépticamente- Ha estado aquí desde siempre.

– ¿Tienes miedo, tipo duro?

– Por ti, sí. -Se inclinó y miró hacia el fondo del pozo-. Parece como si esto siguiera hasta muy abajo. Iré solo y si no hay ningún obstáculo volveré y te llevaré.

– No hay forma de que vayas sin mí.

Mirándola con el ceño fruncido por encima del hombro dijo:

– No vas a entrar en esta cosa hasta que no esté seguro de que esto no está destrozado.

– Rick.

Él odiaba cuando ella empleaba ese lisonjero tono de voz con él, nunca era capaz de decir que no.

– No me hagas esto, Sam. ¿De acuerdo? No quiero que resultes herida.

Ella le dirigió esa mirada suave que le derretía y le volvía loco por ella.

– Sea lo que sea lo que pase, quiero que sepas que lo que has hecho por mí estas semanas pasadas ha cambiado mi vida.

– ¿Hum? -Eso sonaba como el comienzo del discurso del «Querido John»

– Antes de encontrarte no pensaba que pudiera importarle a alguien. Gracias por hacerme sentir como si hubiera sido importante para ti.

– ¿Hubieras sido?

Una garganta se aclaró detrás de ellos, y se dirigieron el uno al otro una mirada conocedora.

– Curt -dijo Rick-. ¡Qué sorpresa!

– Esto es realmente conmovedor -dijo Curt falsamente mientras apuntaba con una pistola de rayos a Sam-. ¿Pero no pensáis que ahora deberíamos encontrar nuestro tesoro?

– ¿Nuestro tesoro? -escupió Sam.

– Sí, nuestro, he pasado los mismos años buscando los libros electrónicos que tú.



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