
– ¿Todo lo que le dijiste fue una mentira?
– ¿Qué?
– ¿Mentiste sobre todo?
Retrocediendo cautelosamente, Sam trató de descubrir qué estaba haciendo. Y falló.
– ¿Qué estás haciendo?
– Haciéndote una pregunta. -Él la atrapó contra el muro, le quitó la bolsa del hombro y la tiró al suelo-. ¿Decías la verdad cuando le dijiste que querías estar conmigo? ¿O eso era parte de la mentira?
La forma en que él la miraba le dijo que era el momento de confesar.
– Era la verdad -admitió ella alzando la vista hacia él-. He sabido de este lugar durante años, pero no me servía de nada sin la llave. En el momento en que me mostraste esto -buscó dentro su camisa el chip de datos que él llevaba alrededor del cuello-, supe que teníamos el tesoro.
Él atrapó sus caderas en sus manos y la atrajo hacia él. A ella no se le escapó el hecho de que estuviera totalmente excitado.
– Te mostré la llave en tu oficina el primer día que nos conocimos.
Sam hizo una mueca tristemente.
– Sé que soy una persona terriblemente egoísta. No pretendía que esto llegara tan lejos. Iba a traerte aquí antes, lo juro. Entonces me abordaste sobre la mesa e hiciste realidad todas mis fantasías.
– ¿Tus fantasías?
– Sí. -Ella se mordisqueó nerviosamente una uña-. Y luego dijiste que seguirías haciéndolas realidad, y de repente el llevarte directamente al tesoro no era tan apetecible.
Él atrapó la muñeca de ella y le sacó el dedo de la boca.
– Has estado arrastrándote por túneles polvorientos durante semanas, Sam.
– ¿Tenía que hacerlo parecer real, no? Si yo simplemente me metía en tu cama y de repente un día me despertaba y decía: «¡Oye! ¡Averigüé dónde está el tesoro!», tú sabrías que pasaba algo. -Sus hombros se hundieron-. La verdad es que te he mentido sobre casi todo. Excepto cuando me hacías el amor. Entonces nunca mentía.
– Hacía el amor -repitió él suavemente. Su mirada era tan intensa que le robó la respiración.
