
Deseaba ser la clase de mujer que los hombres deseaban. Que no daría ella por tener a todo un macho alfa que la abordara y la tomara hasta perder el sentido. Pero esa clase de cosas solo sucedían en los libros electrónicos eróticos, y lamentablemente solo tenía un par de docenas de ellos para que la satisficieran.
– ¿Podemos empezar entonces? -preguntó él rompiendo sus reflexiones.
– Sí, permítame recoger algunas cosas y me encontraré con usted en su nave.
Él asintió.
– ¿Necesita mi ayuda con algo?
Un orgasmo que me hiciera gritar sería agradable.
– Oh, no -dijo ella sonrojándose ante sus propios pensamientos carnales-. Puedo arreglármelas.
Recordatorio: Guardar juguetes sexuales.
Iba a ser un largo mes.
* * *
Rick salió de la oficina llena de libros de Samantha Tremaine y se ajustó los pantalones. ¿Quién iba a saber que le gustarían las bibliotecarias medio tímidas? Él desde luego no. No hasta que había sido ignorado por una bonita morenita.
Perdida en su libro, Samantha había estado allí, mordiéndose una uña y mascullando para sí misma. Él casi había abierto la boca para hacerle saber que no estaba sola, pero estaba condenadamente adorable con su nariz toda arrugada y sus suaves ojos marrones velados por un ceño de concentración. Reacio a molestarla, simplemente la había contemplando en silencio hasta que ella le había notado arrellanado en la puerta. Entonces había vuelto esa estudiosa mirada hacia él, recorriéndolo de la cabeza a los pies y deteniéndose un largo momento en su pene. Él conocía la apreciación sexual cuando la veía y, sorprendentemente, se había excitado por su examen casi científico. Su subsiguiente incapacidad aturdida para hablar había sido muy lisonjera.
