
O como si estuviera preparado para meterse en una.
Su estómago dio un vuelco ante ese pensamiento.
– ¿Ese fue un sí o un no? -Su abdomen se onduló con la musculatura mientras él se movía hacia ella y sus labios se curvaban en una sonrisa libertina.
Eso fue un «maldición, estás magnífico». Pero no podía decir eso en voz alta.
– Tengo hambre si tú la tienes -dijo ella aclarándose la garganta. Eso era lo más cerca que ella podía llegar de flirtear. Cuando su rostro permaneció cortésmente indiferente, ella suspiró desanimadamente y preguntó-: ¿Estamos de camino a Simgen?
– Sí. -Rick asió su codo y la condujo por el pasillo al comedor-. ¿Podrías decirme por qué quieres empezar allí primero?
– Bueno, todo el mundo empieza la caza en Voltaing, ¿no es verdad?
– Eso es porque Voltaing era la ubicación del mayor distribuidor de libros electrónicos.
– Sí, eso es cierto. Sin embargo, si yo tuviera algo precioso que perder lo ocultaría en el lugar menos probable, no en el más probable.
Le retiró la silla, esperó hasta que se sentó y luego se movió hacia la unidad culinaria que se encontraba inteligentemente oculta en el aparador.
– ¿Quieres algo en particular para cenar?
Ella se encogió de hombros.
– Lo que tengas está bien.
– Bien. -Él se volvió y ella contempló cómo se flexionaban los músculos de su espalda mientras tecleaba el menú en la unidad-. ¿Así es que piensas que Simgen es el lugar menos probable?
– Escribí un artículo de investigación sobre el tesoro de libros electrónicos y…
– Lo leí.
Sam parpadeó.
– ¿Lo leíste? -Se había publicado en un oscuro diario para expertos. No pensaba que nadie lo hubiera leído.
– Seguro que sí. Era genial. Me encantaba cómo permanecías firmemente enfocada en los beneficios del romance erótico y no en la caza de tesoros real.
