Segundo capítulo de la sorprendente saga de Los asombrosos mellizos Granger, dedicado a la extraordinaria vida del doctor Adam Granger, el reconocido cardiocirujano de St. Louis. Annabelle cogió su botellín de agua y lamentó no haber tenido la previsión de llenarla con vodka con sabor a melocotón.

– Estoy metida en un atasco, mamá. Voy a tener que cortar muy pronto.

– Tu padre está tan orgulloso de Adam… Le acaban de publicar otro artículo en el Diario de cirugía torácica y cardiovascular. Ayer, cuando nos reunimos con los Anderson para la Noche Caribeña en el club, tuve que darle una patada bajo la mesa para que dejara de hablar de él. Los hijos de los Anderson son una verdadera decepción.

Como Annabelle.

Su madre descendió en picado sobre su presa.

– ¿Has recibido los formularios para la solicitud?

Puesto que Kate había enviado la documentación por FedEx y sin lugar a dudas, había hecho el seguimiento de la entrega por Internet, la pregunta era retórica.

– Mamá…

– No puedes seguir dando palos de ciego… en el trabajo, en tus relaciones. Ni siquiera te voy a mencionar ese horrible negocio con Rob. Tendríamos que haber dejado de financiarte los estudios cuando insististe en licenciarte en teatro. Una mina de oro de oportunidades laborales, ¿verdad? Tienes treinta y un años. Y eres una Granger. Hace mucho que deberías haber sentado la cabeza y dedicado tus esfuerzos a algo productivo.

Annabelle se había prometido a sí misma no morder el anzuelo, por mucho que la provocara, pero entre Ratón, Heath Champion, la mención de Rob y el temor a que su madre tuviera razón, estalló:

– En la familia Granger, dedicar todos los esfuerzos a algo productivo sólo quiere decir dos cosas, ¿verdad? Medicina o finanzas.



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