– No empieces. Sabes exactamente lo que quiero decir. Esa horrible agencia matrimonial no ha dado beneficios en años. Mamá la abrió exclusivamente para meter las narices en la vida de los demás. El tiempo no pasa en balde, Annabelle, y no pienso quedarme cruzada de brazos mientras sigues desperdiciando tu vida en lugar de volver a la universidad y prepararte para el futuro.

– No quiero…

– Siempre has sido buena para los números. Serías una magnífica contable. Y te he dicho que estamos dispuestos a pagarte los estudios…

– ¡No quiero ser contable! Y no necesito vuestra ayuda económica.

– Y vivir en casa de Nana no es una ayuda, ¿verdad?

Fue como una puñalada trapera. Se le encendieron las mejillas. Su madre había heredado la casa de Nana en Wicker Park. Ahora la ocupaba ella, so pretexto de evitar que la saquearan, pero en realidad porque Kate no quería que su hija viviera en algún «barrio peligroso». Annabelle respondió ofendida:

– ¡Muy bien! ¿Quieres que me vaya? ¿Es eso lo que quieres?

Oh Dios, sonó como si volviera a tener quince años. ¿Por qué dejaba siempre que Kate le hiciera eso? Antes de que se pudiera atrincherar, Kate prosiguió, hablándole en el mismo tono paciente y maternal que utilizó cuando Annabelle tenía ocho años de edad y amenazó con marcharse de casa si sus hermanos no dejaban de llamarla «Patatita».

– Lo que quiero que hagas es que vuelvas a la universidad y saques tu título de contable. Sabes que Doug te ayudará a obtener un trabajo.

– ¡No pienso ser contable!

– Entonces, ¿qué piensas ser, Annabelle? Dímelo. ¿Crees que disfruto volviendo una y otra vez sobre lo mismo? Si al menos me lo explicaras…

– Quiero dirigir mi propio negocio -respondió Annabelle, sin poder evitar un tono quejumbroso.

– Ya lo intentaste, ¿recuerdas? La tienda de regalos. Luego esa horrible «punto com». Doug y yo te lo advertimos. Y después esa horrible agencia de empleo. Nada te dura.



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