
– ¡Eso no es justo! La agencia de empleo quebró.
– También lo hicieron la tienda de regalos y la «punto com». ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que hay algo más que coincidencias en el hecho de que todos los negocios en los que te involucras acaben yéndose a pique? Eso es porque vives en las nubes, no en la realidad. Como esa fantasía tuya de convertirte en actriz.
Annabelle se hundió en su asiento. Su carrera como actriz no había sido tan mala: había desempeñado sólidos papeles secundarios en un par de producciones de la universidad y dirigido algunas obras de teatro. Pero durante el tercer año universitario llegó a la conclusión de que el teatro no la apasionaba, sólo era una vía de escape hacia un mundo en el que no tuviera que ser la hermanita incompetente de Doug y Adam.
– Y fíjate en lo que ocurrió con Rob -continuó Kate-. De todos los… Bueno, dejémoslo. El hecho es que te has tragado ese disparate New Age según el cual todo lo que tienes que hacer es desear algo con todas tus fuerzas para conseguirlo. Pero la vida no funciona así. Hace falta algo más que deseos. Las personas de éxito son pragmáticas, hacen planes con los pies en el suelo.
– ¡¡¡No quiero ser contable!!!
Al estallido siguió un largo silencio de reproche. Annabelle sabía con exactitud qué estaba pensando su madre. Que Annabelle estaba siendo Annabelle otra vez: irritable, exagerada y carente de sentido práctico; el único fracaso de la familia. Pero nadie la podía alterar tanto como su madre.
Excepto su padre.
Y sus hermanos.
«Deja de arruinar tu vida y dedícate a algo práctico», le había escrito Adam, el gran médico, en su último mensaje de correo electrónico, con copias para el resto de la familia más dos tías y tres primos.
«Ya tienes treinta y uno», había anotado Doug, el gran contable, en una tarjeta, en ocasión de su reciente aniversario. «A los treinta y uno yo ganaba doscientos mil al año.»
